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        Un genio en ciernes

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        Cuando nos enfrentamos a la vida de un personaje tan emblemático y célebre como Federico Fellini, todo lo que podemos decir pudiera parecer poco. Sin embargo, si queremos ahondar en su historia, nos encontramos con centenares de detalles que siempre estuvieron ahí contados pero inéditos para nosotros, y descubrimos que detrás de la gran figura y del gran héroe había un ser tan común como cualquier otro, quizás más obstinado o con mayor inclinación al riesgo, o tal vez, solo con prioridades y sueños tan contundentes y claros que nada lo detuvo hasta alcanzarlos. Pero eso sí, hay algo que sabemos con claridad de Fellini y es que era un alma libre, o así se visualizó a sí mismo toda su vida. Por esa misma razón, ésta estuvo signada en sus inicios por huidas del discurrir que le ofrecía su ciudad natal; y ya fueran reales o imaginadas por él, denotaban -eso sí-, el espíritu de libertad que indudablemente habitaba en él.

        Fellini y su esposa Giulietta Masina

        Niñez en Rímini

        La inclinación poética o quizás el ánimo común de engrandecer a quienes admiramos, podría inclinarnos a pensar en un precoz Fellini, con una niñez tan extraordinaria como toda su vida, que desde el principio mostró grandes dotes de genialidad, que con la primera película que vio supo que estaría destinado al séptimo arte o que desde siempre fue un gran artista, pero para nuestro consuelo mundano, y a lo mejor para nuestra sorpresa, no fue así. Su infancia fue tan corriente como la de cualquier niño del común. Lo único extraño, quizás, fue su fascinación desborbada por el circo y por la vida que parecían tener quienes pertenecían a él.

        Nació en la pequeña ciudad costera de Rímini, Italia, el 20 de enero de 1920 y fue el primero de los tres hijos de Urbano Fellini e Ida Barbiani –él proveniente de Gambettola y ella romana, que al igual que él no quisieron o no pudieron seguir los estándares convencionales que dictaban la sociedad y sus familias. Su relación nunca fue aprobada por los padres de ella, quienes veían en el pretendiente a alguien poco digno del estatus social de su hija; por esa razón, la pareja decidió huir y casarse a escondidas, en una época en la que aquello era poco usual. Desmentido ha sido ya que Fellini nació en un tren en marcha, porque sabido es también que en su fecha de nacimiento había una huelga ferroviaria y los trenes no transitaron ese día. Tampoco es cierto, como él se empeñó en mostrarlo, que fuera un estudiante especialmente despreocupado, pero sí lo es, que las vacaciones en la casa de sus abuelos en Gambettola, le estimularon irremediablemente esa infinita imaginación que jamás lo abandonó.

        La infancia y la adolescencia de Fellini estuvieron marcadas por lo que uno de sus biógrafos y amigos, Tullio Kezich en su libro Fellini, describe como las tres huidas. La primera de ellas, famosa porque su protagonista se encargó de contarla cientos de veces, hasta que incluso él mismo olvidó que era mentira, consistió en que cuando tenía apenas siete años huyó de su casa para irse detrás de un circo, y en particular de su payaso Pierino. Es cierto que Fellini siempre tuvo una profunda admiración por el espectáculo circense, pero era improbable que su madre, una mujer de gran severidad y tremendísima autoridad, hubiera permitido que esto sucediera. La anécdota tiene mucho de nostalgia y como lo dijo la misma Giulietta Masina –esposa de Fellini en el documental Qué Extraño Llamarse Federico (Che strano chiamarsi Federico, 2013) que hiciera el director Ettore Scola como homenaje a su gran amigo: “para él [Fellini], la mentira no era mentira, era fantasía, era ver aquello que los demás no pueden ver”. Para él, esta anécdota podría bien representar muchos de los anhelos que conservaba su corazón desde tan temprana edad.

        Cierto es igualmente que, aunque solía ausentarse del colegio con frecuencia, no fue un estudiante ni particularmente problemático ni uno destacado; le divertían las marionetas y las historietas, especialmente las de Rubino, que permearon profundamente su humor. Posteriormente gustó mucho de leer, pero paradójicamente no tanto ni del cine ni del teatro. Y si la primera huida quiso recordarla en su película Los Payasos (I clowns, 1970), las historietas de Rubino parecen haber tenido que ver en la inspiración de los protagonistas de La Strada (1954).

        Fellini y Marcelo Mastroianni

        Adolescencia

        En el instituto conoce a uno de sus grandes amigos, Luigi Benzi, caracterizado en varias de sus películas, conocido como “Titta” y quien lo acompañará en cientos de travesuras. Es en esta etapa de su vida, alrededor de sus quince años, cuando comienza a desmarcarse de los demás, mostrando una clara inclinación al arte, específicamente hacia el dibujo. Comienza haciendo caricaturas de sus profesores, para posteriormente ser contratado por su talento para ilustrar retratos de actores en el cine Fulgor de su ciudad. Sin embargo, lo más fascinante es que con tan solo diecisiete años y junto a otro de sus amigos, el pintor Bonini, crea un negocio para hacer caricaturas de los visitantes durante el verano.

        Por esta época conoce a la que sería su primer gran amor y la protagonista de su segunda huida también más imaginaria que real-, Bianca “Bianchina” Soriani. Su flirteo es desaprobado, como le sucediera tiempo atrás a sus padres, pero dice la anécdota que huyeron juntos en un tren hacia Bolonia antes de ser capturados. De acuerdo con posteriores revelaciones de la propia supuesta protagonista de la huida, no estaba en su carácter ni en sus estándares fugarse con alguien, desafiando todas las costumbres familiares. Por tanto, la segunda huida parece ser tan irreal como la primera, pero eso sí, cargada también de la tremenda imaginación que poseía Fellini. Su relación termina un par de años más tarde debido al compromiso matrimonial de Bianca en Milán con un compañero de trabajo, sin embargo, siguieron comunicados casi el resto de la vida, lo que condimenta esta historia con un poco de realidad.

        Federico Fellini

        La tercera y definitiva huida

        Para 1938, Fellini ha empezado a sentir pequeña a Rímini, y su creatividad comienza a enfocarse en la caricatura. Sus viñetas de humor son publicadas inicialmente en el periódico Domenica del Corriere de Milán y posteriormente, gracias a la ayuda de su amigo Bonini, en el Semanario 420 de Florencia, ciudad en la que no vivió años, como algunos cuentan, sino acaso unos meses como él mismo lo validó. No es claro si las publicaciones eran de sus dibujos o de textos humorísticos que otros ilustrarían, pero lo cierto es que su colaboración con el editor Nerbini, fue lo que le permitió más tarde, ser parte del prestigioso y afamado Diario de humor Marc’Aurelio en Roma, que fuera su sueño desde mucho antes de materializarse. Así pues, a comienzos de 1939, Fellini decide dejar Rímini atrás –aunque la seguiría recordando en varias de sus películas-, y se instala definitivamente en su amada Roma (de acuerdo con su amigo Titta, el 04 de enero de 1939; según su biógrafo el 14 de marzo de ese mismo año), comenzando una historia real para sí mismo, quizás la que soñaba o tal vez la que ni siquiera jamás llegó a imaginar, pero a su modo y no al de sus padres, configurando la que sería su última y definitiva huida y quedándose para contarnos tantas veces su historia por fragmentos, a través de sus películas. Él nunca dejó Rímini en realidad y la nostalgia lo acompañó incesantemente sobre todo al final de su vida, así como a nosotros nos acompañará la nostalgia por él y por su cine, después de que nos dejara para siempre.

        Referencias:

        1. Kezich, Tullio (2007). Fellini. Barcelona: Tusquets Editores S.A.
        2. Costantini, Costanzo (2006). Fellini, les cuento de mí. Conversaciones con Costanzo Costantini. México DF, Editorial Sexto Piso

         

        Publicado originalmente en la revista Kinetoscopio No. 128 (Medellín, enero-marzo 2020), p. 18-20

        ©Centro Colombo Americano de Medellín, 2020

        ©Todos los textos de www.cinesentido.com son de la autoría de Liliana Zapata B.

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